Apocalipsis – X, XI
Eso es en realidad lo último que recuerdo. Supongo que Lucas debe de haberme llevado a que me cosieran – o haberlo hecho él mismo – pero no puedo acordarme de nada. En este momento, la impresión que me da es que su amigo decidió dejar el honor de lado e ir directamente a la fuente.
Lucas me ve desde atrás de sus ojeras, y puedo ver cien copias de él en las refracciones del vaso de trago en el que tiene el antiácido, cada una de las copias esperando a que yo termine de asimilar lo que pasó hace cuatro noches.
No nos queda más que observarnos mutuamente por un rato. Yo, reconciliando la realidad sin eventualidades a la que estoy acostumbrado con la que ahora estoy seguro no puede haber sido una pesadilla; y Lucas, supongo, con lo que sea que ocurrió en estos días que terminó dejándolo en ese estado.
Finalmente la curiosidad me vence y le pregunto qué fue lo que pasó.
“Larga historia” – es todo lo que me contesta mientras se encoge de hombros y toma otro sorbo.
“Ah, no jodás. ¿Me levantás en un fin de semana y ahora no decís nada?”
Lucas me ve durante al menos un minuto, sopesando algo en esa calculadora de riesgos que tiene por cabeza. Al final parece llegar a alguna conclusión y asiente.
“OK, es lo justo. Pero esto es personal, no de la revista”
“Perfecto”, respondo. No hay necesidad de decirle que en la carrera de la salida dejé la grabadora en la casa.
“Déjame ver como lo fraseo”
Una mesera se acerca para preguntarme si voy a querer algo, ignorando estudiosamente a Lucas (evidentemente es nueva). Cuando le digo que sí, materializa una orden en blanco de alguna parte del delantal y me dice que si tengo alguna duda con el menú, que le pregunte. Inmediatamente desaparece sin darme la oportunidad de pedirle un lapicero. Cuando me vuelvo de nuevo hacia la mesa, el Cross plateado que Lucas siempre lleva consigo está sobre la orden.
Al menos parece que no fue que lo asaltaron.
Se queda inmóvil mientras reviso la orden y marco lo que quiero (molletes, sopa de tortilla, café), mientras hago hasta lo imposible por conseguir la atención de la mesera y aún cuando tengo que levantarme a tratar que alguien más me reciba la orden. El servicio, normalmente estupendo, hoy está terrible.
Diez minutos después, cuando me sirven la sopa y consigo que me traigan la deliciosa salsa de chipotle que hacen, Lucas todavía está haciendo su personificación de un zukia de piedra, así que vacío una buena parte del chipotle en la sopa de tortilla, que hasta humea de lo caliente que está y hace que los vapores del chile me lleguen directamente, y luego de revolverla un poco con la cuchara comienzo a comer. No voy ni por la mitad cuando el sabor del chipotle (¡puta chile más rico!) hace que comience a moquear.
“La vida es como la buena comida mexicana: si no te tiene suficientes especias para sacarte las lágrimas y aflojarte la nariz, no vale la pena.”
Casi se me había olvidado que estaba Lucas. Voy a hacer un comentario, pero tengo la boca llena de sopa. Y la verdad, mejor me quedo callado – bastante le costó agarrar el impulso.
“Yo sé” – dice, como previniendo una objeción – “frase cursi. Pero fue lo que se me ocurrió. Y alguien tenía que decir algo. En realidad tenía que decir algo yo. Digo, mientras pensaba en como poner las cosas.”
Para ser alguien que se jacta de tener una respuesta para cualquier pregunta retórica – créanme, lo hace – parece estar teniendo bastantes problemas con esto; y en un momento de lucidez creo que entiendo por donde va la cosa.
“Qué te digo…” – continúa – “¿Sabés como es cuando estás en una relación larga, y como la otra parte es importante para vos se hacen sacrificios? ¿O como tendés a poner a la otra parte ante que a otros, dado que sus intereses son cercanos a los tuyos? Pero de repente llegas un día y algo cambió y te insisten que todo es igual pero… lo que están haciendo en realidad es insultarte y mejor te hubieran escupido en la cara que quedarse ahí sonriéndote como que nada hubiera pasado, insistiéndote que es lo mismo, que no va a cambiar nada?”
Parece darse por vencido. “Nah, qué vas a entender. Además acabo de hacer un enredo”.
Es exactamente lo que pensaba. Lo dejaron botado. Le dieron los 20. Es raro verlo vulnerable, así que decido hacer un comentario que de otra forma me guardaría.
“Claro, me ha pasado”, digo, luego del último sorbo de la sopa. “Toda esa paja de ‘no sos vos, soy yo’ o ‘todavía podemos ser amigos’. La detesto.” Trato de acordarme del nombre de la chavala que han estado mencionando. “Pero Lucas, al menos con Ellis fuera de la situación ya no tienes que preocuparte del apocalipsis.”
Lucas se queda absorto en el vaso donde tenía su Alka-Seltzer y, poco a poco, lo que dije parece hundirse en su conciencia.
“¿Qué?”
“Es decir, aunque de verdad sea cierto que ‘lo hicieron personal’, como dijiste, y tengan algo que ver con que Ellis terminara con vos, al menos ya no tienes que preocuparte.” Agarro impulso. “Al carajo con ella, no sabe lo que le conviene. ¡Ahora le toca que se acabe el mundo junto con toda la otra gente!”, concluyo en tono triunfal, gesticulando con el dedo índice y entonces, con un sentido de tiempo perfecto, me sirven los molletes y el café.
Lucas se incorpora en la silla, asumiendo una semblanza de su actitud usual. Tiene un brillo en los ojos que sé reconocer como la mirada de cuando algo no le gusta, pero la verdad es que nadie lo tiene predicando tanto acerca de la sinceridad. Ahora le toca probar eso de que la honestidad vale más que el tacto.
Yo decido no jugar ese juego de sostenerle la mirada. Le pego un mordisco a una de las tostadas de los molletes y llevo la mano hacia la taza de café, intencionalmente ignorando a Lucas hasta que se le baje el colerón. La taza de café no está. Siento los ojos de Lucas haciéndome un hueco en la cabeza, y levanto la mirada justo a tiempo para verlo terminando de bajarse el café de un sorbo, para luego poner la taza vacía de vuelta en la mesa como que fuera un vaso para shots.
“Primero que nada” – me dice aprovechando que todavía estoy masticando el mollete – “se llama Eris. Si vas a usar su nombre, úsalo bien. Y segundo, ¿de donde putas sacás que esto tiene algo que ver con ella?”
“Er … mae …” – munch munch munch trague… trate de no atragantarse… bien – “Diay… toda la hablada… diay… lo de la vida y las lágrimas y la relación… y lo de que era personal…”
La mirada de Lucas no se mueve, las cejas no cambian su rigidez, las líneas de la cara se quedan como en piedra, los ojos se siguen viendo como llamas rojas y verdes al fondo de una cueva de ojeras, y de repente suelta la risa. Es una carcajada profunda, honesta, que le sacude todo el cuerpo, y en el proceso le quita la expresión de muerto en vida y como diez años de encima. Se ríe por tanto tiempo que se le salen las lágrimas y se pone morado, y me da tiempo de terminar la comida y pedir otro café antes de que se detenga. Cuando ya está comenzando a atraer la atención de los clientes, finalmente se queda sin aire.
“Tenés razón” – me dice secándose las lágrimas – “Puesto así, entiendo la impresión que te dio.”
“¿Entonces?”
La cara agarra de nuevo la expresión más sombría que tenía antes, y se encoje de hombros de nuevo. “Los turcos vendieron el restaurante.”
Ahora soy yo el que está confundido. “¿Qué? “¿Los turcos donde estuvimos el martes?”
Asiente.
“¿Y eso como es un ataque personal? ¿Y qué tiene que ver con el fin del mundo?”
“Honestamente no entendés, ¿verdad?” – me pregunta, no con su tono pedante usual, sino con algo que podría ser curiosidad sincera.
“No, Lucas. La verdad me perdiste.”
“OK, así está la cosa. Yo sé que teníamos una reunión el miércoles en la noche, pero yo siempre, invariablemente, llueve o truene, voy los miércoles al Turco pare ver el baile de vientre; así que decidí que iba a ir y a escaparme temprano para nuestra reunión.”
“Hasta aquí vamos bien”
“Bueno. Pues la cosa es que llego al Turco, saludo a la gente, camino hacia mi mesa – no hagas esa cara, es MI mesa – y la mesa en la que me he sentado cada miércoles por los últimos cuatro años, la mesa con mejor vista del área del baile, está ocupada. Tiene que ser un error, ¿cierto? Así que llamo a los Turcos y, muy apenados, me dicen que esa gente son amigos de los nuevos dueños.”
“¿Qué nuevos dueños?”
“¡Exacto!” – golpea la mesa con la palma de la mano, haciendo brincar los cubiertos – “Eso es lo que le pregunto, y me cuentan que le vendieron el restaurante a estos venezolanos, y que nada va a cambiar, que todo va a ser igual, pero que mi mesa ya no es mi mesa. No con esas palabras, por supuesto, pero esa era la idea. Así que, todavía en shock, me senté adonde me acomodaron – prácticamente en la acera – comí y me fui inclusive antes de que terminara el baile.”
La mirada se le pierde en algún punto detrás mío mientras parece recordar algo.
“Puta, ¿sabés que ahora que lo cuento no me acuerdo si pagué?”. Se rasca la barbilla. “Ahh, al carajo. Si se me olvidó pagar, se lo merecen.”
Y con eso se reclina en el asiento. Me toma un par de segundos entender que esa es la historia completa. Mientras me sirven la taza de café, le confieso que todavía no entiendo.
“Es un ataque personal, ¿ves? Están tratando de atacar las bases de mi mundo. Es un golpe bajo” – dice, llevando una mano a la taza de café – “porque esperan que al eliminar esas cosas que para mí son costumbres mi seguridad se tambalee y sea un blanco fácil.”
“¿Esperan quienes?” – pregunto mientras Lucas se toma la segunda taza como que fuera agua – “¿Los cristianos? ¿Los católicos? ¿Dios? … Suave, ¿no era ese mi café?”
Lucas ve la taza como que le hubiera crecido en la mano. “Creo que sí, sorry.”
“¿No es un poco paranoico pensar que todo esto es una conspiración en tu contra? ¿A partir de un único hecho?”
“No”
“Mae, sorry. Sí lo es.”
“No”
“Convénceme.”
“¿Cuál es mi lugar favorito? ¿El lugar en el que prefiero estar a que estar en la casa?”
“El Turco… Pero es solo un lugar… qué…”
“¿Cuál es el segundo restaurante favorito?”
“El Mexicano. Pero ahí se te cae la teoría.”
“¿Por qué?”
“Porque estamos comiendo aquí.”
“¿Y por qué estamos comiendo aquí y no en el mío?” (Con eso se refiere al que está cerca de su apartamento)
“No sé… Porque aquí querías reunirte, porque estabas cerca, porque me queda cerca a mí…”
“Eeeeeeeeeeeee” – hace un ruido molesto remedando a los igualmente molestos timbres que suenan en un concurso de televisión cuando alguien comete un error – “Estamos aquí porque, a partir de ayer, el Mexicano de por mi casa ya no es un Mexicano. Ahora solo quedan este y el de La Garita.”
“Hmmmm. Igual. Dos eventos. No estás probando nada.”
“¿Qué tal estuvo el servicio hoy? ¿Bien?” Pues no, pienso, en realidad estuvo bastante lento. “¿Y has visto a Ernesto por acá en lo que hemos estado?”
“Er… no”. Mi mente se sobrecalienta buscando explicaciones. “Pero es posible que esté en La Garita.”
“Puede ser. Pero te apuesto lo que querás a que para mañana en la noche la comida aquí va a estar floja, y dentro de cuando mucho tres días va a haber sufrido el mismo destino que el otro. O peor.”
“¿Y qué le pasó al de por tu casa?”
“Ahora es un KFC.”
Una vez más me encuentro en una situación en la que tengo que esperar a que Lucas se ría, o siga con su diatriba, o dé algún tipo de indicación de si está hablando en serio o no. Pido otro café, el cual finalmente logro tomarme, pero Lucas todavía no da señal alguna de lo que está pasando por su cabeza. Termino en realidad aprovechando el silencio para tratar de calzar lo que me contó en una ventana de tiempo de menos de una semana – no solo me hace falta demasiado para terminar de llenar los espacios en blanco, hay algo molestándome que no acabo de determinar qué es. ¿Cuando fue la última vez que estuvimos en el Mexicano de por donde Lucas?
“Lucas… no es que dude de lo que me estás diciendo o algo…”
“Sí, eso es. Pero dale.”
“Digo, yo estuve con vos en el Mexicano de por tu casa hace ni una semana. Antes de que comenzara todo este burumbún.”
Lucas calcula por un momento. “No recuerdo la fecha, pero algo así.”
“Y les estaba yendo bien. Estaba lleno de gente, y no había nade trabajando en modificaciones.”
“¿Cómo, modificaciones?”
“Digo, instalar un mostrador para KFC, freidoras, sillas… es una remodelación completa del lugar.”
“Sí”
“¡Entonces es imposible que se haya convertido en un KFC tan rápido! Aún si comenzaron a trabajar el minuto mismo que salimos de ahí, no les habría dado tiempo.”
“Por eso te digo que es un ataque personal. Para que cambiaran todo tan rápido tiene que haber mano criminal.”
“No es posible.”
“¿Qué estarías dispuesto a apostar?”
Dos horas después Lucas me ha subido en un taxi, pasado por el antiguo-Mexicano-ahora-KFC, señalado los rótulos de ¡Gran Inauguración! (con fecha de hoy); observado con una mueca de satisfacción mientras pago y me como, por haber perdido la apuesta, una pechuga de pollo repulsivamente cargada de especias y aceite de freidora (lo que se siente aún más como un insulto porque venimos de comer del Mexicano); declarado que necesita una ducha como que tuviera que convencerme; llevado a marcha forzada hasta el apartamento mientras se lanza en una diatriba acerca del fin del mundo y como la están agarrando contra él nada más porque lo conocen; espantado en el camino a varias señoras que, dadas las habladas de Lucas y la apariencia de que tiene puesta ropa que le robó a un pordiosero, probablemente asumen que se escapó del cercano asilo psiquiátrico; llegado a su casa y llevado por un breve tour de la laberintina construcción, además de advertirme que puedo pasear por donde quiera excepto en los extremos (el estudio/ático y el cuarto oscuro/sótano); tomado una ducha de media hora mientras me quedo exactamente donde me dejó él, en la sala de televisión, revisando la colección de películas, con tal de no dar una vuelta equivocada y perderme una semana en el dentro de los múltiples pasillos, escaleras y probablemente túneles secretos; re-aparecido bañado, rasurado y vestido de la cocina (totalmente el extremo opuesto de adonde lo vi desaparecer la última vez) con dos vasos con antiácidos, para su goma y mi apuesta, los cuales nos tomamos fondo blanco; desaparecido a la cocina de nuevo con la intención declarada de hacer café; emergido de una puerta que no sé adonde lleva pero no está ni cerca de la cocina apenas el agua comienza a hervir; chorreado una taza de café que huele delicioso, y otra más una vez que nota la expresión de deseo con la que veo su taza; y colapsado en un sillón luego de todo esto como que tuviera seis años de no dormir.
“Convencido.” – le digo – “De que hay un KFC, al menos. Qué casualidad que haya pasado en la misma semana que lo del Turco.”
“Yo, no es casualidad. Es un plan. En serio”. Se lleva las manos a las sienes y comienza a masajeárselas con los ojos entrecerrados.
“¿Mucha fiesta?”, le pregunto.
“Mae, maso. Hay pocas varas como una goma de whisky. Con algo de vodka. Y Redbull. Ah, y sambuka.”
Deja de frotarse las sienes y se recuesta en el sillón, cubriéndose los ojos con un paño húmedo.
“Ah, y algunas Coronas. Y mojitos también, así que ron. Y algo de Drambuie. Y … ” – la frase se pierde mientras se queda probablemente tratando de recordar el alcohol de fricciones y el ácido de batería, que son las únicas dos cosas que creo no ha listado.
“¿Cacique?”, trato de ayudarlo.
“No, ¿estás loco? El Cacique es terrible. Aunque…. La verdad no me acuerdo. Tomé Black Label, que es removedor de pintura, al rato le entré al Cacique también.”
“¿Y donde fue la fiesta? O más bien, ¿qué hacés en una fiesta si se va a acabar el mundo?”
“No se va a acabar para mí, ¿te acordás?”
“Pero sí para tu… ¿amiga?”
Lucas se endereza un poco y, sin quitarse el trapo húmedo de los ojos, sonríe en mi dirección.
“Buen intento, pero no le jales el rabo a la ternera. Aunque tienes razón, fue irresponsable.”
“¿Entonces?”
“Te costaría entender.”
“¿Por qué?”
“Porque no puedo explicarlo fácilmente sin una analogía, y vos nunca has estado en una relación larga.”
“Claro que sí. Yo te he contado de Carla.”
“Bah, esa no cuenta. Ni siquiera te acostaste con ella. Y ha sido la veintiúnica.”
“¿Qué? ¿Cómo putas podés decir eso sin saber?”
“Invariablemente, la novia con la que nunca te acuestas es la que más fácilmente te maneja”.
El cabrón parece recuperarse rápido. Al menos esta vez nadie lo oyó.
“Es una zanahoria” – me dijo – “Mientras no te la hayan dado, siempre está la promesa de que te la den en algún momento en el futuro, además de la idea del sabor sobrenatural que debe tener tan exquisita fruta.”
“Raíz”, perro maldito.
“Lo que sea. Una vez que te las estornudás, siempre estás pensando inconscientemente que de todos modos podés buscarte alguna que sea mejor en la cama, o que haga más cosas, o que sea más flexible. Mientras el sexo con ella sea un ideal, nadie puede ganarle. Además, tienden a manipular el hecho de que no se hayan acostado con vos para hacerte pensar que quizás están juntos por amor de verdad.”
“En cualquier caso” – dice encogiéndose de hombros e ignorando brutalmente la expresión que tiene que saber tengo, por más que no la puede ver – “así está la cosa”.
“Fui al Turco el miércoles, como te dije. Y sinceramente, llegar y encontrarme mi mesa ocupada fue peor que llegar a la casa de tu novia para darle una sorpresa, abrir la puerta y encontrártela en la cama con dos carajos, un enano y un pastor alemán; y que además tenga la desfachatez de decir que nada ha cambiado. En lo que estoy terminando de comer, perdiendo la esperanza de que sea que los sentaron ahí por error y los echen rápidamente y ya al punto de echar espuma por la boca, me llama un amigo para invitarme a una fiesta – precisamente para celebrar el fin del mundo. Y por más que me parece un poco de mal gusto, la verdad es que ya me había tomado un par de mojitos, así que dije ‘al carajo’ y jalé para la pachanga.”
Hace una pausa para tomar aire. Yo le preguntaría algo, pero todavía estoy demasiado furioso como para dirigirle la palabra.
“Lo que tenés que entender es que de verdad es como tener una relación que termina de repente. A menudo luego acabas en un one night stand, que sabés que no es una buena idea, sabés que no va a terminar bien, sabés que lo estás haciendo por puro despecho, pero igual lo hacés.”
Para otra vez, probablemente esperando algún tipo de confirmación de mi parte, pero dado que humilló mi experiencia en relaciones no recibe ninguna.
“Entonces acabé en esta fiesta en la mitad de ninguna parte, con como seis suecas haciendo cualquier trago que les pidieras, y normalmente no soy de emborracharme pero una cosa básica de un one night stand es que no estás pensando claro, así que me pegué una mica que probablemente no me hubiera pegado de otra forma. De hecho tengo escenas grabadas – gente saltando a una piscina, algo de un sauna – pero la verdad la mayor parte de estos dos días los pasé en automático, nada más alcoholizándome. En lo que decidí hoy que ya era demasiada fiesta, me levanté del zacate, me lavé la cara y te llamé.”
“Lo que es peor” – continua – “estoy seguro que va a ser igual que cuando terminás con una novia con la que el sexo era increíble: te seguís viendo con ella de vez en cuando, más de una vez acaban en la cama, pero igual terminan en una bronca por las mismas razones por las que terminaron en un principio. Ya en este momento estoy suspirando por una sopa de lentejas y un Adana Kebap. Que es por supuesto lo que quieren.”
“Cuatro.”
“¿Cuatro qué?”, pregunta confundido, probablemente porque esperaba que le diera pelota con lo de la conspiración.
“Cuatro días.”
“¿Cuatro días qué?”
“Fuiste al restaurante el Miércoles. Hoy es sábado. Estuviste tres, cuatro días en la borrachera de la fiesta.”
Lucas se incorpora tan de repente que el paño se le cae de la cara y se congela por completo con la única excepción de los ojos, los que comienzan a arrastrarse por el cuarto hasta que terminan posándose en la pantalla del VHS. Su mirada se queda ahí por unos segundos, mientras asimila la fecha que se despliega en el aparato, y puedo oír los bits de la cabeza calculando que en realidad han pasado más de dos días.
De repente salta del sillón, pasa corriendo al frente mío, se abalanza sobre un teléfono inalámbrico, golpea un número en el teclado y sale de la sala con el aparato pegado a la oreja.
Mientras hace su llamada, aprovecho para revisar la sala que, en la carrera de la narración anterior, no había visto apropiadamente. En las paredes hay varias fotografías a colores que distan bastante de las lúgubres imágenes en blanco y negro que son instantáneamente reconocibles como fotos de Lucas. Entre estas hay colibríes en posición de ataque, fotografías nocturnas de murciélagos, el Arenal haciendo erupción y otro montón de fotos de vida silvestre o cosas naturales.
En otra pared hay un grupo de fotos que son más su estilo tradicional, si bien hay mezcladas fotos en blanco y negro con fotos a colores. Me toma un momento reconocer la cueva del Troll, iluminada solo por las antorchas; a la fiera de Harry, saltando desde una tapia hacia una figura que huye (por Dios, que sea una escena montada); y a Andrés de noche en un parque con cara de chiquito que el papá le dijo hace 15 años que volvía por él en 10 minutos.
Hay otro montón de imágenes de gente que no reconozco: una especie de Eric El Vikingo, pelirrojo y sonriente, sosteniendo una botella de whisky en alto mientras saluda a la cámara; una foto tan sobreexpuesta que apenas pueden distinguirse rasgos entre la luz, sin ni forma de decir si es hombre o mujer; una foto que, para estándares de Lucas, parece ser nada más un sacerdote como de sesenta años a la entrada de una iglesia (probablemente el tipo tiene 200 años de muerto o algo así); y otras fotografías a las que no les pongo atención, porque ya estoy cansado de correr detrás de este egómano, sacándole con gotero fragmentos de una entrevista que probablemente no sea utilizable de todos modos, con sus delirios de grandeza y su método para fotografiar espíritus, y busco el sillón más cercano para sentarme y nada más a esperar que vuelva Lucas.
Como cinco minutos después reaparece, cuando estoy considerando nada más abrir la puerta e irme.
“Bueno, ya apagué ese incendio. Tenía que haberme visto con alguien el viernes. ¿Traías chaqueta? Si traías, agárrala, hoy es posible que nos tengamos que quedar afuera tarde”. Abre un closet que está cerca de la puerta de la calle y toma el mismo abrigo de montaña que andaba la noche del encuentro con Harry.
“¿Donde quedamos?”, pregunta sin volverme a ver.
“No sé”, contesto, “creo que te estabas burlando de mi experiencia con mujeres.”
“No, antes de eso” – dice, sacudiendo la mano como para espantar el mosquito de mi comentario. “Ah, sí, me parece que cuando te dije que había un método. Pues sí, luego de revelar el rollo en el que aparece Elena y pensarlo un poco, me dí cuenta que había un método”, continúa, abriendo la puerta de la calle y caminando hacia afuera sin darse cuenta que no voy detrás de él.
Sentado en el sillón, puedo oír que sigue divagando hasta que se abre el portón eléctrico, y sigue hablando solo hasta la calle. Un rato después asoma la cabeza por la puerta abierta (que probablemente esperó yo cerrara detrás de él) y dice:
“Diay, despabílate. Ando por ahí hablando solo como el loco del vecindario.”
“Mae, Lucas… ¿No te cansas de los one-liners y los ‘Continuará’ y la gente salida de una novela de Neil Gaiman?”
“¿Cómo?”
“Digo, esto se está poniendo repetitivo. Llegamos a un lugar, conocemos a alguien raro … no me interrumpas, déjame terminar … en el medio este alguien la agarra contra mí, o si tengo suerte me explicas el funcionamiento del Universo, o me das migajas de la entrevista, pero no sin hacer comentarios personales. El Troll casi me quiebra el brazo, Harry parecía querer comerme, y a todo esto no tengo ni la mitad de lo que necesito para la entrevista.”
Lucas me mira, probablemente tratando de comprender exactamente que es lo malo en lo que acabo de describir.
“Hagamos una cosa”, sugiero. “La revista no hay que mandarla a imprenta hasta la última semana de Julio. ¿Te parece si nos vemos luego de que todo esto haya pasado?”
“¿Todo esto qué?”, pregunta, todavía sin entender.
“Todo este barullo. Yo no soy católico, así que aún si lo que decís es cierto voy a estar aquí después del 15. Anda, salva el mundo para tu novia…”
“No es mi novia”
“Salva el mundo para tu amiga, entonces, y nos vemos el 16 cuando lo que vaya a pasar haya pasado.”
Se rasca la cabeza, y parece algo sorprendido con el hecho de que no quiera seguir trotando al lado de él, viendo a ver cuando me cae el piano encima.
“¿Estás seguro?”
“Sí”
“Pensé que esto podía servirte de material para la revista. Una de las historias o algo así.”
“Tranquilo”, le digo. “Si la cosa sigue escalando, el próximo tipo que conozcamos va a tratar de matarme.”
“OK. Llámame el 16, para ir a la segura de que todo ha pasado. Sorry si te jodí mucho, vos sabés…”
“Que no te andas por las ramas. Tranquilo.”
Lucas sonríe, pero me parece que falta algo de energía detrás de la sonrisa.
“Estaba tranquilo.”
Promete no tocar más el tema. Me acompaña a la parada de taxis, hablando en el camino de las últimas películas en el cine, de libros, del mar y de sus ondas, el prohibido tema del Apocalipsis completamente abandonado en la casa. Es claro que lo está haciendo en automático, como que puso una grabadora a funcionar mientras en el fondo los procesos mentales están completamente en otra cosa. Al rato dejo de responder, Lucas pasa a concentrarse solo en lo que realmente le interesa, y caminamos callados el resto del trecho hasta que llegamos a la fila de taxis.
Lucas me da una palmada en la espalda, me dice que me ve en dos semanas, y da media vuelta para irse. Yo, con la mano en la puerta abierta del taxi, no soporto la curiosidad y decido preguntarle.
“¡Lucas!”
Lucas frena y se vuelve hacia mí. “¿Sí?”
“¿Por qué todo este enredo?”
“¿Cuál enredo?”
“Todo este burumbún de andar averiguando, investigando, jugándote el chance de que el siguiente conocido que visites de verdad te coma, o que convierta en rana, o algo.”
Lucas se ve los zapatos mientras una pareja toma el taxi en el que me iba a ir yo.
“Por Eris”
“Yo sé, ¿pero por qué?”
“Es complicado”
“¿Y yo no entendería porque soy prácticamente un monje que lee Supermán?”
“Dejá de ofenderte por insultos imaginarios, que bien que tenés bastantes ofensas reales por las que preocuparte.”
“Sorry. ¿Entonces?”
“No entenderías porque no sos yo.”
“Toda la razón, no entiendo”
“Mirá, tengo un juego de principios muy propio, pero lo sigo estrictamente. Hay reglas que nada más no rompo. No meterme en asuntos de religión es una de esas, y trato de no deberle favores a nadie – prefiero que me los deban a mí. Pero Eris es alguien cercano, de esa personas por las que uno hace cosas que por nadie más haría. Así que tengo que hacer el intento y detener esta carajada. Aunque eso quiera decir echarme encima a más deidades y arriesgarme a deberle favores a alguien.”
“¿A más deidades? ¿Favores?”
“¿Si pudieras ser el peor enemigo de Dios, o ser eternamente ignorado, cuál escogerías?”, dice, probablemente solo para confundirme.
“¿Aló?”
“Una cita, pero el punto se mantiene. Cuando decidí hacer esto me eché a un montón de gente encima, ahora no me queda más que seguir con el asunto.”
“¿Y qué piensa Eris?”
“¿De qué?”
“De esto.”
“Eris no sabe nada.”
“¿Cómo? ¿No le has dicho?”
“¿Has visto como cuando alguien tiene una enfermedad terminal, y definitivamente no va a vivir más de un par de meses, los doctores le dicen a la familia pero no a la persona, para que pase los últimos meses tranquilo?”
“Claro”
“Eso solo pasa en las películas. Al enfermo es al primero al que le dicen. Pero siempre pensé que era una buena idea.” Vuelve a ver la cada vez más corta fila de taxis. “Debieras agarrar el siguiente, si no te va a coger el agua aquí.”
“Ahorita viene otro. Entonces, ¿no estás seguro de que esto es algo que se pueda detener?”
Al oír eso, Lucas endereza la espalda, endurece la mirada y se yergue lo más alto que puede.
“Por supuesto que estoy seguro”, me dice. “Estar seguro es la única forma en la que puedo hacerlo. Pero no hay por qué asustarla innecesariamente. Ciao, probablemente nos veamos antes de lo que crees. Y debiste haber agarrado el taxi que te dije.”
Con eso se despide y camina hacia su casa, dejándome en la desierta parada de taxis.
Diez minutos después, sin ni medio taxi a la vista, comienza a llover.