Apocalipsis - III, IV & V

Posted on Monday 4 August 2003

III

Pero acabo de notar que dejé algo de lado. Todo este intercambio ocurre dos horas después de que salimos del Turco, y creo que Lucas ya dijo algo de nuestra visita adonde el Troll.

Cuando alguien te dice que vas para la Cueva del Troll, es así exáctamente como uno lo oye: en mayúsculas, casi viéndolo en un rótulo, probablemente el nombre de algún bar de moda o restaurante en el que no te dejan entrar sin una tarjeta de crédito platino y la entrada más barata cuesta para arriba de los $20, ubicado estratégicamente en una colina desde la que se aprecie San José en su máximo esplendor (de noche, cuando no se ven los edificios).

La cueva en cuestión resulta estar en pleno San José en un centro comercial, no en las afueras. El diseño de ambiente se vé caro: hileras interminables de callejones cubiertos por algún tipo de musgo de color opaco con patrones varios, vagamente iluminadas por fluorescentes que cuelgan del techo, y ni medio maitre d’ en la puerta. Tampoco hay mesas ni clientes a la vista, por lo que asumo que los corredores - ¿no hay como demasiados para el espacio? ¿no debieran caber menos? - no son más que la entrada al lugar.

Lucas pausa un momento en el marco de la puerta, masculla algo en voz baja y continúa. Es cuando nos acercamos a las paredes de los pasillos que me doy cuenta que son en realidad pilas de libros, presumiblemente sobre estantes, tan apilados unos sobre otros que parece una pared sólida que creció ahí.

“No te quedés atrás”, me llama la atención cuando estoy haciendo exáctamente eso, “que nos daría el fin del mundo buscándote.”

Pausa un momento y se ríe para sí mismo.

“Y nunca fue mejor usada la expresión” - agrega.


Caminamos en los callejones lo que parecen horas (por más que mi reloj insiste que no han sido ni un minuto - aunque estoy seguro de que me ha dado exáctamente la misma hora al menos tres veces), Lucas guiando hacia la derecha o izquierda con menos titubeos de los que he visto a gente tratando de escoger donde sentarse en un cine.

Ocasionalmente me distraigo para revisar los títulos que hacen de paredes: “Fight Club”, algunos libros de pornografía, varios números de Playboy (incluyendo el de la entrevista con los hermanos Coen), “El Popol-Vuh”, ciencia ficción, “Wiseguy”, varios libros de Aleister Crowley, “Neurocirugía para Tontos”, “Harry Potter Y La Pedestre Secuela”, tres o cuatro kilómetros cubiertos de romances de Harlequin, la edición de Avon de $3.99 del Necronomicón, y dos o tres números de Superman que no tenía en mi colección (los cuales desaparecen debajo de mi chaqueta en menos tiempo de lo que le toma a Lucas decirme que no me quede atrás).

“Que no te quedés atrás.”

Asiento con la cabeza y comienzo a cerrarme el zipper de la chaqueta, pero cuando vuelvo a ver hacia abajo la sorpresa me hace frenar en seco.

“Er… Lucas”, balbuceo.

Lucas sigue adelante.

“Lucas… ¡LUCAS! ¡Vé esta vara!” - grito, gesticulando hacia el suelo y llamando su atención.

Incapaz de pretender que no me está escuchando, Lucas retrocede los diez metros que me llevaba de ventaja y vé hacia donde estoy señalando.

Extrañado examina la superficie, revisando alrededor de mis enlodadas tennis y tanteando con el pie entre el barro y el zacate. Finalmente, se vuelve hacia mí con una pregunta en la mirada. No parece verse sorprendido.

“¿Qué pasó?”

“El barro.”

“¿Sí?”

“El suelo. El zacate.”

“¿Ahá?”

“Entramos a una tienda en un centro comercial. Caminamos sobre alfombra. En algún punto hubo alfombra, al menos. ¿En qué momentos salimos?”

“Tranquilo, no hemos salido” me dice antes de volverse y seguir caminando.

Considero devolverme, porque la verdad es que en la revista no me están pagando para perseguir a un fotógrafo con delusiones mesiánicas por un embarrialado centro comercial … en medio de un laberinto … sin techo … desde donde puedo ver el cielo … cuando debiera tener dos pisos arriba mío … cuando no tengo la más mínima idea de como regresar …

Y corro en la dirección en la que ví a Lucas doblar.


Cuando lo alcanzo está a la entrada de una cueva, tomando una antorcha.

“¿Cansado?”

“Nah” - contesto agitado, encorvado con las manos en las rodillas, tratando de no desmayarme.

“Excelente, todavía falta un rato.”


No tengo idea de cuanto tiempo pasa mientras caminamos por túneles en la cueva, o de cuanto terreno recorremos iluminados por la débil llama de la antorcha de Lucas, o de tan siquiera por qué hay una cueva ahí (cosas que ya ni me pregunto), pero finalmente veo la luz al final del túnel.

Literalmente.

Antes de llegar a esta, Lucas pone la antorcha en una base en la pared (¿cómo es que se llaman esas cosas?), se vuelve hacia mí y se lleva el dedo índice hacia los labios. Sigilosamente camina hacia la parpadeante luz de la entrada de la cueva, con tanto cuidado que pensaría que del otro lado está el conejo de Monthy Python y la Búsqueda del Santo Grial.

IV

Lucas espera en la entrada. Yo espero detrás de él. Adelante, en lo que puedo ver, hay una gruta tan llena de libros como los túneles que acabamos de dejar atrás. Y entre estos montones de libros usados caminan personas, metiendo la mano entre las varias pilas como buscando algo que esperan debiera estar ahí. Ocasionalmente algún pobre desafortunado suela un un quejido de dolor o sorpresa, y retira la mano rápidamente mirando dolido hacia los libros.

“No veo al Troll” - susurro - “Porque asumo que sí hay un Troll.”

Lucas gesticula hacia un área cerca del fondo de la cueva que está en sombras, adonde las antorchas de las paredes (¡brillante! ¡Antorchas entre libros viejos!) no alcanzan a iluminar.

Un muchacho que no puede tener 18 años, pelo claro, con pantalones de patineto y una sudadera de algo llamado NOFX se acerca al área en sombras, caminando despacio, su mirada de liebre nerviosa alternando entre la penumbra y el raído bulto que lleva. Se detiene hasta adonde llega la luz, con cuidado de no poner un pelo en el área no iluminada.

“Er … bueno, yo … este ….”

“¿Qué?” - truena algo desde las sombras, sacudiendo las llamadas de las teas y por alguna razón no haciendo el más mínimo impacto en el resto de la gente, a quienes parece no importarle que hay algún tipo de Yeti entre ellos.

“Yo … bueno, traía unos CDs … porque … bueno …”

“¿Cambiar o vender?” - vuelve a retumbar la montaña, interrumpiendo al chavalo de nuevo.

“Bueno .. no estoy seguro” - contesta, viendo hacia la entrada donde estamos con una expresión de que está convencido que venir no fue la mejor idea del día - “Creo que mejor …”

De la sombras sale algo que primero pienso tiene que ser un jamón, hasta que noto el pelo sobre los nudillos y la trampa de oso que el Troll tiene por mano se abre al frente del muchacho como una planta carnívora que espera que la presa sea lo suficientemente estúpida para tomar la invitación.

“A ver qué tenés” - truenan la sombras - “dame.”

Temblando, el joven pone el maletín sobre la gigantesca palma, que se cierra sobre este como que fuera un monedero (¡Dios mío, tiene que ser del tamaño de mi espalda!). El pobre tipo vé furtivamente a su alrededor (todo el mundo lo está ignorando), se lleva las manos a los bolsillos (donde no encuentra nada reconfortante) y finalmente se conforma con hacer círculos en el barro con sus Converse.

“Cranberries. Quemado” - retumban las sombras, y un CD vuela a la cabeza del slacker, quien apenas logra agacharse.

“Pero…”

“Gargabe. Bien nombrado” - y otro disco sale de las tinieblas hacia el pobre diablo.

“Mellencamp. Casi, pero es reciente. Lo reciente es basura.” (Swish!) “Morcheeba. Quieren ser Massive Attack” (swish!). “Tricky. Tengo. Portishead, no me interesan” (Schwing!). “Más Garbage. Idem” (Swing! Crash!).

Pausa.

“Hmm, Ozzie. Este se queda.”

El chico respira visiblemente, y el siguiente disco casi le arranca la cabeza.

“Dadawa. A quién le importa.” (Swish!)
“Limp Bizkit.” - Casi ofendido - “No seas tan guineo.” (Swish!)
“Sabbath. Aprobado.”
“Linkin Park. Uno grita, el otro rapea, todos apestan.” (Schwing!)

Al rato dejan de llover tanto los insultos como los discos. Las sombras escupen el maletín de vuelta, y el chavalo lo usa para echar los discos que recuperó - algo embarrialados - de toda la cueva.

La zarpa del Troll sale una vez más, para darle un puño de billetes, y el pobre los toma y echa a correr hacia el laberinto, pasando a nuestro lado despavorido y probablemente sin ver hacia adonde va.

Lucas deja el tunel en el que estamos y entra a la cueva, e inmediatamente puedo sentir la atención de la cosa en las sombras posarse sobre nosotros como un gorila sentándoseme en los hombros. Las sombras tiemblan, la inhalación de la criatura jalando las paredes de la cueva, los libros, la gente, la luz misma hacia él, y yo me aferro al librero más cercano esperando no ser tragado ahora ni enviado fuera del planeta cuando el Fi!Fa!Fo!Fum! separe átomos de hidrógeno.

“¿Diay mae, pura vida?” - es el civilizado comentario que sale con tono jovial.

“Todo tranquilo” - contesta Lucas - “Criatura, Yo. Yo, el Troll. Considérense presentados.”

Despacio, recordando al chico y preguntándome si será una buena idea, extiendo la mano hacia las sombras. La garra que sale de estas envuelve mi mano completamente, la estruja y sacude tan vigorosamente que mi principal preocupación es como lograr no perder el brazo también cuando me arranque la mano. Justo cuando estoy a punto de pedir clemencia, algo se mueve adelante. Primero pienso que es un efecto óptico, pero luego me enfoco en una gran maraña de pelo negro, cayendo sobre una camiseta y un chaleco de cuero (ambos negros también) sin ninguna cara a la vista.

“Mmmm, te me hacías conocido” - dice la melena mientras continúa tratando de dislocarme el brazo - “¿Cómo está tu tata?”

(Ouch) “Tuanis” (Grunt) “Dando clases.”

El pelo se vuelve hacia Lucas - “El Tata de este mae esta en todas” - Retorna a mí, y se acerca todavía más, hasta que el montón de pelo está casi rozándome la nariz, pero sigue siendo demasiado como para poder ver facciones debajo - “Mae, dígale a su tata que el Troll le manda saludos.”

Y con eso, finalmente, me suelta.

Por los próximos 15 minutos (mi reloj funciona de nuevo) Lucas intercambia comentarios con la cosa de las sombras como que el mundo no se fuera a acabar: qué hay del negocio, por qué no había vuelto, si cierto libro de Palahniuk está en la cueva o no, cómo está el Cachorro y otra cantidad de cosas sin la más mínima relevancia. Yo comienzo a vagar entre los estantes, solo por ver qué me encuentro, y cuando vuelvo están a media conversación.

V

“¿A Harry?” - pregunta el troll, encogiéndose de hombros - “No, no lo he vuelto a ver. Terminó con una novia hace poco, así que está en modo todas-son-unas-putas-que-se-venden-por-una-teja-y-medio-plato-de-arroz.”

Pausa para atender a un hombre a quien asumo aprecia más que al slacker de hacer un rato, porque no le tira el vuelto en la cara - “¿Qué pasó con Harry?”

“Nada, es que me llegaron a decir que se va a acabar el mundo.”

“¿El de quién?”

“Católicos. Y supongo cristianos, mormones, panderetas y otros derivados; pero no estoy seguro.”

El troll se lleva la zarpa adonde asumo debe estar la cara, para lo que puedo suponer es rascarse la barbilla de medio metro de ancho.

“Hmm, algo me dijeron. Pero la verdad, como la mayoría de mis clientes no se molestarían, no me preocupé.”

“¿Y por qué carajos no me habías dicho?”

“Mae, no se me acelere” - contesta el Troll, en un tono que no estoy seguro sea amigable - “Usted es el que siempre dice que viene mañana y se vuelve paja. Además, no hace diferencia para vos.”

Lucas vé encolerizado hacia la mata de pelo que está metro y medio arriba de él. Ambos se quedan inmóviles hasta que de repente parece que el Troll comprende.

“Y mae, cierto, Eris. Sorry, no lo había pensado.”

Luego de lo que parece considerar una pausa apropiada, Lucas responde.

“Sí, Eris. Y necesito saber de Harry, porque él puede averiguar las cosas mucho más rápido que yo.”

“Uhum. Vos lo pensás mucho antes de quebrarle los dedos a alguien.”


Así que poco más de dos horas, un corte de pelo y múltiples intentos - totalmente exitosos - de avergonzarme después estamos repitiendo el ritual: el balbuceo antes de entrar al túnel, el correr detrás de Lucas, las distracciones constantes - como cuando me topo de frente al ratón de slacker de temprano, el sucio maletín sostenido cerca del pecho, quien con mirada de perdido me pregunta que si sé donde está la salida …

“Yo!”

“Voy! Lucas, es que este mae …”

“… me importa un pito. Apúrese.”

Hasta que una vez más llegamos a la cueva cuando el Troll está abusando sicológicamente de algún cliente. Lucas me promete que esta va a ser una visita rápida, así que me entretengo en la sección de comics mientras lucas me llama de nuevo.

“Yo!”

“¿Sí, Lucas?” - respondo levantando la mirada de Wildcats, Swimsuit Edition.

“Vámonos.”

Dejo las revistas y me acerco al mostrador, al lado de Lucas. La garra sale de nuevo de las sombras como para despedirse.

No mae, sorry, ni a putas, casi me quiebra la mano la vez pasada - así que levanto la mano y me despido a distancia. “Tuanis, nos vemos.”

Cuando me doy media vuelta para irme con Lucas, una carga de ladrillos que me golpea el hombro y siento la zarpa del troll agarrándome.

“Cuál tuanis. Son tres rojos por las Supermán.”


  1.  
    Joe
    August 4, 2003 | 5:52 pm
     

    “No mae, sorry, ni a putas, casi me la quebraste la vez pasada” - Levanto la mano y me despido a distancia - “Tuanis, nos vemos.”

    La primera parte de “…ni a putas,…”,¿lo está diciendo en voz alta o pensándolo?. No me da la impresión de que es algo que Yo se atevería decirle a semejante gorilota, pero sí me aprece que lo pensaría al menos.

    “Mmmm, te me hacías conocido” - dice la melena mientras continúa tratando de dislocarme el brazo - “Conozco a tu tata. ¿Cómo está?”

    Me parece que sonaría mejor:”Mmmm, te me hacías conocido” - dice la melena mientras continúa tratando de dislocarme el brazo - ¿Cómo está tu tata?”

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