“Si esto sigue así” - insiste Lucas - “me va a pasar las de mi abuela. Voy a tener el pelo blanco para antes de los 30.”
Uno tendería a pensar que si el Ex-Comandante en Jefe de las Fuerzas Celestiales - de haber sido el chavalo lo que decía Lucas que era - venía en persona a decirte cuando se iba a acabar el Universo, lo primero que harías sería hacer las paces con Dios. O si fuera una película, tratar de impedirlo.
Lucas decidió ir a hacerse un corte de pelo.
“No hay nada más relajante en este mundo que el que una mujer atractiva cuyo nombre está en una plaquita de metal que te da la perfecta excusa para mirarle el pecho te lave el pelo”, me dice. En la peluquería. Mientras le lavaban el pelo. Delante de la muchacha en cuestión.
Hay comentarios ante los cuales uno no puede hacer nada más que sacudir la cabeza y luego ver avergonzadamente a su alrededor.
“Además”, prosigue, “el Troll todavía tiene que averiguarnos acerca de donde está mi cazador favorito. Si alguien sabe algo acerca de gente que podría precipitar el fin del mundo, es Harry.”
Lucas le sonríe a los pechos de la joven mientras pregunta si le podría traer un vaso de agua, lo cual estoy seguro no es más que una excusa para examinarle el trasero.
Luego de verla alejarse, vuelve a verme y baja la voz a un susurro conspirador. “La cosa está así: si el mundo se acaba como me dice Andrés que se va a acabar, se acaba para los cristianos creyentes. Yo sobrevivo. Mi gato sobrevive. Se pierden algunos cardenales y sacerdotes, pero la mayoría sobrevive. Entendés la idea.” (Nunca, nunca me preguntaba, y yo personalmente estaba comenzando a sentir que este era el momento apropiado para decirle que no, no entendía la idea. Ni un poquito.)
La confusión debe de habérseme reflejado en la cara, porque asiente de forma semi paternal y procede a explicar.
“Verás, la religión es como la magia: ninguno de los dos es real.”
Pausa.
“OK, mala broma. No he dicho nada. No repitás eso.”
Vé a su alrededor para confirmar si alguien más lo escuchó, y parece tranquilizarse de que el secreto del mal chiste queda conmigo.
“Pero en realidad el punto es válido”, continúa. “La religión es como la magia: la gente tiene que creer en ella para funcione.”
Pausa otra vez.
“Sorry” - le contesto - “esa versión tampoco hace gracia.”
“Es porque es en serio.”
Me dá un momento para que la idea se hunda.
“Como todo en este mundo, la religión es un asunto de puntos de vista. Si eres Krishna y comes cerdo, probablemente te estás comiendo a tu tío. Bueno, asumiendo que él era Krishna también, pero dejemos eso de lado. Si eres católico, es solo un animal - a menos que sea viernes de cuaresma en cuyo caso es un tiquete al infierno. Si eres musulmán, es un animal impuro que en realidad está contaminando no solo tu cuerpo sino tu alma.”
“Estoy familiarizado con las creencias” - interrumpo - “y por supuesto que todo el mundo tiene puntos de vista distintos.”
“Sí, todo el mundo tiene puntos de vista distintos.” - Detesto el tono de que le está hablando a un niño de tres años - “Lo que no entendés es que todos son ciertos.”
“Por supuesto que lo son, desde el punto de vista de Fichte y el yo absoluto creando la realidad a la medida de la persona; o la idea de Matrix de que la realidad no es nada más que impulsos eléctricos en el cerebro, así que cualquier cosa que cree esos impulsos define la realidad,” digo gesticulando con las manos. “O el hecho de si suficientes personas se ponen de acuerdo en que un hecho ocurrió, va a ser para todos ellos como si hubiera pasado; como con toda la gente que vé una culebra en el suelo donde solo hay la sombra de unas trenzas, o alguna otra forma de autohipnotismo colectivo. Creo que hemos visto las mismas películas.”
(Respira hondo. Por un momento parece impacientarse y automáticamente me preparo para el corte quirúrgico de uno de sus filazos, pero reconsidera.)
“No, Yo, no es solo eso. Pégate una restregada cerebral de la basura de pop psychology que has recogido en estos años, ¿OK? Te estoy diciendo que todos esos puntos de vista son ciertos. A la vez. Hasta los contradictorios. Gracias”, dice sin volverse hacia la muchacha que le trae el vaso de agua, “creo que mi amigo quiere un té.”
La muchacha - Jessica, juzgando por la etiqueta - se vé algo molesta por el tono de Lucas pero igual le pide a otra que me traiga un té y ayuda a Lucas que se recueste para quitarle el rinse del pelo; burlando así su plan para terminar la perorata. Toma un paño, le seca la cabeza y lo pasa a donde la peluquera; para proceder a hacer lo mismo conmigo.
Putaestavarasisesienterelajante - es lo único que puedo pensar cuando el agua tibia comienza a correrme por el cuero cabelludo.
Quince minutos después recupero el sentido. El té está frío, Jessica no está a la vista y Lucas está conversando animadamente con Diana - la peluquera - mientras le cortan el pelo. Debe de ser un viejo cliente y es por eso que las asistentes se aguantan los comentarios que hace. En ese momento, Diana me llama con un gesto para continuar conmigo.
Fast forward a media hora después, cuando finalmente hemos salido del lugar. El día se ha tranquilizado un poco luego de los torrenciales aguaceros de hace un par de horas, y la única huella que queda es algo de humedad sobre los árboles del boulevard.
“Tengo que reconocer que es buena”, le digo a Lucas.
“¿Quién, Jessica? No jodás, está excelente”. Frena en seco y señala con el pulgar hacia la peluquería. “¿Querés que te la presente? Vamos” - dice jalándome del brazo, comenzando a cruzar la calle y enrumbando de vuelta, haciendo que varios automóviles frenen de golpe para no atropellarnos - “estoy seguro de que le vas a caer bien”.
“Mae, nada que ver!” Libero mi brazo del agarre de Lucas.
“¿Estás seguro?” - Sonríe de lado, torciendo la cabeza un poco, alzando una ceja y entrecerrando los ojos en un guiño a medias; clara señal de que está maquinando algo. - “Desde el principio de la entrevista te sentís algo tenso, estoy seguro de que Jessica te haría bien.”
“No jodás”, digo poniéndome algo colorado. “Además tenemos que terminar la entrevista. Y vos tenés que salvar al mundo.”
Inmediatamente la mirada se endurece y el tono jovial es sumergido en nitrógeno líquido.
“El sarcasmo no te va a llevar a ninguna parte. Al menos no conmigo.”
Extrañamente se vé algo ofendido, como que hubiera tocado un punto personal.
“Sorry, no quería ofender. Es que en realidad estaba hablando de la peluquera.”
Eso parece agarrarlo fuera de base.
“¿Diana?”
“Sí.”
“¿De Diana?”
“De hecho…”
Me vuelve a ver, vuelve a ver hacia la peluquería, vuelve a verme de nuevo mientras parpadea perplejo.
“Pero si tiene como cuarenta y todos años…”
“¿Y qué?”
“Diay, es cosa tuya.” Se encoje de hombros. “¿Pero de verdad te gusta más Diana que Jessica?”
“¡¿Ehh?!” Toma unos segundos para que me caiga la peseta. “¡No, mae, no! Estaba diciéndote que es buena haciendo su trabajo”, le digo. “Es buena peluquera.”
“Aaaaaahhhhh.” Rié un poco y sacude la cabeza, entretenido por la confusión. “Eso está mejor.” Comienza a caminar de nuevo y frena casi inmediatamente. “Entonces, ¿te presento a Jessica?”
“Sinceramente dudo que seas la mejor recomendación”, le digo mientras sofoco la risa. “¿No viste las caras que te hacía?”
“Nah, no es nada.”
“En serio se veía molesta.”
“No te preocupés. Luego vas a ver que así es con todos: al principio me les atraganto, pero así es como me quieren - inmisericorde.”
Claro.
“En serio. ¿Vos crées que a Jessica la hace sentirse mejor el que la veás con esa mirada de violador en celo que la estabas viendo sin decir absolutamente nada?” (Blush) “Al menos conmigo sabe a lo que se atiene.”
Decido dedicarme a verme los zapatos por un rato.
“A largo plazo”, continúa, “vas a ver que la gente aprecia la sinceridad más de lo que parece. De primera entrada hacen muecas, pero una vez que entienden que no lo hacés solo por joderles la vida aprenden a que si les estás diciendo algo, es por que de verdad lo crees. Y eso incluye lo de tu mirada de violador en celo. Sorry por mi reacción al sarcasmo, por cierto, pero es que detesto la competencia.”
“No te preocupés”. (Es que estaba un poco nervioso, porque en el momento estaba seguro de que me iba a arrastrar de vuelta a la peluquería, iba a sacar a Jessica de donde fuera que se había escondido y no iba a descansar hasta que tuviéramos tres meses de salir; pero por supuesto no voy a decirle eso)
“No estaba preocupado. Pero la verdad… ¿sabés que tenés razón?”
“Sí, claro que la chavala estaba molesta.”
“Eso no importa. Pero sí tenemos que ir a salvar el mundo.”
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